A Pamplona hemos de ir… incluso si no es San Fermín. Merece la pena pasear por el casco viejo de la ciudad, imaginarse a los
toros corriendo en el encierro por la calle Estafeta, acercarse hasta la catedral y sobretodo contemplar su claustro, una joya del arte gótico. De Pamplona
también se deben conocer sus murallas, que construidas entre los siglos XVI y XVIII, rodeaban por completo la ciudad a la espera de un enemigo que por aquellos tiempos solía ser francés. Desde el baluarte del Redín uno puede imaginar las salvas de cañonazos que la ciudad estaba dispuesta a soltar. Después de tanto batallar conviene recobrar fuerzas, por lo que no se olvide de probar la rica gastronomía navarra que se sirve en los bares y restaurantes de la ciudad.

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