QUÉ VER EN PAMPLONA

QUÉ VER EN PAMPLONA

Pamplona es la capital de Navarra y tiene una población de 200.000 habitantes. Es una ciudad moderna, limpia, verde, con una gran actividad comercial, industrial y de servicios. La visita turística se centra en su casco histórico con sus murallas, la catedral y el recorrido del encierro. Luego hay otras muchas Pamplonas: la universitaria, la de noche, la de fiesta, la de gastronomía, la de compras…

PLAZA DEL AYUNTAMIENTO

La plaza está presidida por la fachada del Ayuntamiento, en estilo barroco de elegantes proporciones y elaborada ornamentación. Es un lugar tranquilo, para pasear con calma y sacar fotos. Pero un día, y a una hora muy concreta, aquí se desatan, “relámpagos y voces y truenos, y un gran temblor de tierra, un terremoto tan grande, cual no hubo jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra…” (Ap. 16,18). Bueno, tal vez exagere un poco pero bien es cierto que, el seis de julio a las doce del mediodía y con el lanzamiento del chupinazo desde el balcón del Ayuntamiento, estalla una fiesta lo más parecida al Apocalipsis. En la plaza no cabe nadie, la masa se mueve como un mar en marejada, el champán vuela por los aires y los brazos se alzan al cielo implorando que empiece la fiesta ya. Suena el chupinazo: comienza una juerga que va a durar siete días con sus siete noches. Si no es el seis de julio y usted está en la plaza, no se preocupe, el Apocalipsis ya habrá terminado.

CURVA DE MERCADERES

Pasada la Plaza del Ayuntamiento y la calle Mercaderes llegamos a la curva más famosa de los encierros. No se sabe muy bien cuándo comienzan los encierros pero sí se sabe cómo, y es el resultado de que al traer los toros para la lidia, generalmente de la ribera de Navarra, permanecían durante toda la noche fuera de las murallas y, muy de mañana, eran conducidos por las calles hasta la plaza. Eran guiados por hombres a caballo, pero los pamplonicas, voluntariosos ellos, quisieron ayudar. Primero con palos detrás de los toros y cuando se lo prohibieron, comenzaron a correr delante. Aunque la ocurrencia fue nuevamente prohibida por la autoridad competente, poco a poco se había ido convirtiendo en costumbre, y con el devenir de los años en tradición, y contra ésta poco pueden mandos y pregones. Se buscó un trazado por el Casco Antiguo lo más directo y recto posible, pero la curva de Mercaderes no se pudo evitar. Y así nos ha llegado hasta nuestros días uno de los tramos más espectaculares de esta peculiar carrera.

LA CALLE ESTAFETA

La calle Estafeta es larga, recta y relativamente ancha. Al llegar hasta ella los toros han perdido parte de su brío inicial siendo su velocidad algo más lenta. Todo ello hace que sea aquí donde los mozos realicen las carreras más bellas delante de las astas. El arte de correr consiste en esperar el momento oportuno, ya con los toros a la vista, para acelerar la carrera acompasando la velocidad a la de los astados, guiándolos sin molestarlos. En el momento oportuno también, hay que saber apartarse para que otros mozos continúen la tarea. El toro es el centro y la razón de ser del encierro, por lo que todos los mozos deberían correr de blanco y rojo, y no con camisetas de colores chillones buscando un protagonismo que no se merecen. El toro… “el toro corre arropado por los mozos”, ésta es la expresión que mejor define al encierro. Cubrir, abrigar, proteger al toro en su última carrera por las calles de una ciudad en fiesta.

EL CALLEJÓN DE LA PLAZA DE TOROS

El encierro termina en la plaza de toros después de haber atravesado el callejón. Es éste la entrada a la plaza, un paso estrecho, un “callejón”, y donde a lo largo de la historia se han producido acontecimientos dramáticos: los montones. Cuando un corredor cae, el que viene detrás puede tropezar con él y caer, y así sucesivamente hasta organizarse una montonera humana de difícil solución. Cuando los espacios son más amplios las escapatorias son mayores, pero el callejón es muy estrecho, demasiado para el gran número de corredores que lo atraviesa. Formado el montón, llegan los toros que ante la masa humana no saben muy bien cómo reaccionar: algunos se vuelven y otros intentan atravesarlo a base de empujones y saltos. Al final, por las buenas o a las malas, llegan a la plaza y son encerrados en toriles. El encierro ha terminado y es hora de hacer balance, para lo bueno o para lo malo.

EL ENSANCHE

“El Ensanche”, ¿Se ha preguntado alguna vez por qué estos barrios reciben tal nombre? Es muy sencillo, es porque en las ciudades ya no se cabía más y hubo que ensancharlas. A finales del siglo XVIII las murallas rodeaban las ciudades, las protegían pero también las contenían y las impedían crecer. Conforme la población aumentaba, lo hacían los problemas de hacinamiento y salubridad, dándose una pugna continua entre las precauciones militares y los deseos de expansión. Cuando ya no se cupo más, se comenzó el derribo de las murallas. En Pamplona fue en 1915, algo tarde si lo comparamos con otras demoliciones. Una vez decididos a crecer llegó la cuestión de cómo crecer y la respuesta fue casi por oposición: de las estrechas y sinuosas calles del Casco Antiguo se pasó a otras amplias y rectilíneas, bien ventiladas, luminosas y aptas para el tráfico rodado. Así es el Ensanche de Pamplona, recorrido en su eje central por la Avenida peatonal de Carlos III, un buen paseo para ventilarse e ir de tiendas.

RINCÓN DEL CABALLO BLANCO

En esta apartada zona encontraremos uno de los rincones de mayor encanto de Pamplona. No debería perdérselo, por las vistas desde las murallas y por las callejuelas medievales por las cuales parece no haber pasado el tiempo. Asomándonos al Baluarte del Redín veremos el Portal de Francia o de Zumalacárregui, construido en 1553 y que todavía conserva el puente levadizo que cerraba la ciudad al caer la noche. Por él llegan los peregrinos desde Roncesvalles camino de Santiago. Pamplona es la primera ciudad con la que se topa el peregrino, y siempre ha estado profundamente vinculada al Camino y a su significado. En la Edad Media, cuando las comunicaciones eran un desastre, situarse en primera línea de la principal ruta de intercambio cultural, espiritual, económico, artístico y político de la época era un privilegio que no se podía desaprovechar. Por el Camino penetró el arte románico y el gótico, y muchos de los peregrinos de Europa, conocidos genéricamente como francos, se asentaban en la península importando sus conocimientos y cultura. Pamplona debe mucho al Camino, y procura corresponder con su hospitalidad al peregrino.

CATEDRAL DE SANTA MARÍA

La Catedral de Pamplona es la joya de la ciudad y su visita es casi imprescindible. Construida a lo largo de diferentes siglos, conserva la mayoría de las dependencias que utilizaba el cabildo, siendo el conjunto catedralicio más completo que existe en España. Atravesar la fachada neoclásica es retroceder en el tiempo, a otro sin duda más espiritual y mucho más pétreo. Miremos donde miremos todo es piedra: suelos, paredes y techos. Pero si alzamos la vista hacia las bóvedas comprenderemos que no siempre fue así. Las catedrales estaban recubiertas y pintadas, y en la de Pamplona se han insinuado los colores para ayudar a nuestra imaginación a hacer el resto. Y sin dejar de imaginar, nos asomaremos al claustro para, a la vista de su fina tracería, comprender la habilidad del maestro cantero.

POMPAELO

En el encuentro entre las calles Curia y Compañía deberíamos detenernos a imaginar lo que allí ocurrió hace poco más de 2.000 años, en el 75 a. de C. Estamos en medio de un campamento romano, en la intersección de sus dos calles principales, el Cardo y el Decumano y justo a un lado tenemos la tienda del gran general Cneo Pompeyo, el Magno, amigo, yerno y finalmente encarnizado rival de Julio César. Antes de ser asesinado a las puertas de Egipto, tuvo tiempo de guerrear por medio mundo y en una de ésas estaba, cuando se detuvo a tomar aliento en tierras de los vascones. Le pareció buen lugar para ello un alto escarpado junto al río Arga, así que cortaron árboles, levantaron la empalizada y dispusieron las tiendas. Con el paso de los años, lo que fue un simple campamento se convirtió en una importante ciudad romana, con sus termas y templos. En honor a su fundador, Pompeyo, vino la ciudad a tomar el nombre de “Pompaei-ilun” (ciudad de Pompeyo) y de allí, hasta llamarse Pamplona.

MERCADO DE SANTO DOMINGO

Sin ser visita obligada, es un buen lugar para cambiar de colores y olores. Pasear por los puestos de frutas, pescados, quesos, hortalizas, carnes y otros manjares, es una apetitosa forma de acercarse a la esencia de Navarra, donde no se entiende un acto social sin un buen yantar y un abundante beber. La cocina navarra se fundamenta en la excelencia de su materia prima, y en una larga tradición culinaria transmitida de generación en generación. Siendo una sociedad matriarcal, las mujeres han gestionado la economía doméstica y los fogones, a los que poco a poco los hombres se han ido incorporando, especialmente en las renombradas sociedades gastronómicas. El mercado de Santo Domingo es un coqueto edificio inaugurado en mayo de 1877 y que se identifica por su luminoso patio interior, sus esbeltas columnas de hierro fundido y su rica decoración de los productos del campo, que llegan directamente de todos los rincones de la Comunidad.

BELENA DE SAN CERNIN

Le será difícil de encontrar, porque una belena no es más que un estrecho pasadizo en el interior a una manzana de viviendas. Lo que caracteriza a la de San Cernin es que coincide con lo que fue la antigua muralla de uno de los tres Burgos que en la Edad Media constituían la ciudad de Pamplona. Podremos ver los restos de la muralla y unas grandes piedras esféricas, que no son otra cosa que los proyectiles que se lanzaban de muralla a muralla, en plan salvaje, allá por la Edad Media. A finales del siglo XI, Pamplona era ciudad episcopal, formada por labradores de origen navarro, que cultivaban huertas, cereal y viña. Comenzaron a instalarse fuera de las murallas pequeños grupos de viviendas, habitadas en su mayor parte por comerciantes franceses, y que darían lugar a los núcleos de población del Burgo de San Cernin y la Población de San Nicolás. Tres ciudades separadas por unos pocos metros, y cuyos habitantes de tanto ver tras los muros a sus vecinos, pronto los iban a considerar sus enemigos.

PLAZA DEL CASTILLO

Es una amplia plaza estratégicamente situada en el corazón del Casco Antiguo, donde los pamplonicas se reúnen en sus numerosos bares y terrazas para ver pasar las gentes y los días. Los foráneos entran buscando un castillo que nunca encontrarán porque a la plaza, de sus antiguas batallas, sólo le queda el nombre. Hubo un tiempo, entre 1513 y 1540, en el que llegó a haber hasta dos castillos, ya que mientras se derribaba el Castillo Viejo de Luis de Hutín, se construía la Fortaleza Mayor de Santiago. Hoy no queda rastro ni de uno, ni de otra. Pero si quiere quedar con uno u con otra suele ser esta plaza el lugar más apropiado. Desde luego a Ernest Hemingway, uno de los más ilustres visitantes de las fiestas de San Fermín, era en la plaza del Castillo donde normalmente se le encontraba, disfrutando de la vida y sus desenfrenos como pocos han sabido hacerlo. Hemingway popularizó con su primer libro “The sun also rises” las fiestas de San Fermín. Tanto empeño puso en ello, que lo que fueron unas fiestas de una ciudad de provincias se han convertido, con el paso de los años y de las reediciones, en una de las más populares e internacionales del mundo.

JARDINES DE LA TACONERA

El parque de la Taconera es una buena opción si se siente romántico o si ya no sabe qué hacer para entretener a los hijos. Aprovechando las antiguas murallas que rodeaban Pamplona, se creó este hermoso parque de 90.000 m² cuyos fosos albergan un pequeño zoológico en el cual los animales viven en semilibertad. Encontraremos ciervos, patos, faisanes, cisnes, pavos reales… que rodeados de murallas se sienten a resguardo de la curiosidad de sus muchos visitantes. Lo que no son murallas y fosos son, salvando las distancias, paseos en estilo romántico y versallesco. Encontraremos la estatua del famoso tenor roncalés Julián Gayarre, portales a modo de arcos del triunfo como el de San Nicolás o el de la Taconera, gran variedad de árboles antiguos y exóticos y un coqueto café inspirado en los locales vieneses, y conocido como no podía ser de otra forma, por el Café Vienés. El monumento al rey Teobaldo I con sus arcos ojivales es un buen marco para la foto de recuerdo.

LA CIUDADELA

Con la aparición de la pólvora y la artillería, los grandes castillos temblaron. Sus altos muros, más que un paso infranqueable, eran un blanco perfecto que los cañones, machaconamente, terminaban por derribar. Así que hubo que echar imaginación al asunto, consultar a ingenieros y estrategas y trazar nuevos planos. El resultado fue las denominadas fortificaciones abaluartadas de las cuales la Ciudadela de Pamplona es un ejemplo destacado. El nuevo e ingenioso diseño se basa en la sustitución de los torreones medievales por baluartes, elementos salientes poligonales a las murallas que carecen de zonas muertas.

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CONSEJOS Y EL TIEMPO

Consejos

-Pamplona es una ciudad de tamaño medio, bien comunicada, limpia, segura y con muchas zonas verdes. Evite las zonas mal iluminadas y poco transitadas en sus paseos nocturnos y no tendrá ningún problema.

– La ruta nos llevará por las murallas que rodeaban Pamplona hasta llegar a la impresionante fortaleza de La Ciudadela. En el camino encontraremos el parque de la Taconera en estilo romántico, desde donde nos asomaremos a las murallas para disfrutar de las vistas y de los animales que viven en ellas en semicautividad. Después de visitar la Ciudadela volveremos al casco antiguo y terminaremos en la calle San Nicolás siempre muy animada por su gran número de bares. Al anochecer algunos tramos de este recorrido son poco transitados y están escasamente iluminados así que, aunque Pamplona es una ciudad muy segura, tome unas mínimas medidas de precaución. 

De fiestas

-El nivel de vida de la ciudad es tirando a alto, así que le puede resultar un poco caro las consumiciones y los menús de los restaurantes. Pero hay de todo, es cuestión de saber buscarlo.

-Pamplona entre semana es una ciudad muy tranquila, no ocurre lo mismo los fines de semana cuando los bares y restaurantes se llenan, y la marcha nocturna está garantizada. Los jueves se celebra el popular “Juevintxo” en el que los bares ofrecen bebida y pintxo a un precio más económico, lo que provoca que a media tarde las calles estén ocupadas por cuadrillas de jóvenes y no tan jóvenes.

-Las fiestas de San Fermín es capítulo aparte, la ciudad se trasforma, es como que enloquece, y la fiesta no para durante ocho días con sus ochos noches, a un ritmo solo apto para jóvenes con excelente aguante físico. Es muy divertido pero hay que saber comportarse, no todo vale, o más bien todo vale siempre que tenga gracia.

Transportes

-Pamplona es punto de partida ideal para visitar el conjunto de la Comunidad Autónoma, por su posición central y por sus buenas comunicaciones.

-Aparcar si puede ser un problema. La mayor parte de la ciudad es zona azul, es decir de pago. El casco antiguo es peatonal y restringido para los vecinos así que no se le ocurra entrar con el vehículo a no ser para acceder al hotel. Les recomendamos que estacione en los aparcamientos subterráneos que hay en el entorno del caso antiguo: Plaza de Toros, Baluarte, Rincón de la Aduana, Plaza del Castillo, etc.

Tiempo

 

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